El Discurso de Odio No Es Algo Sobre Lo Que Podemos ‘Discrepar Civilmente’

Posted on by reportedehoy

 

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Brandi Miller                                                                                                                                                        Columnista

La gente blanca se sienten con derecho a un montón de cosas, ademas de sus opiniones – especialmente sobre lo que Estados Unidos debería ser – que son lo mas importante en su lista de derechos. La semana pasada, el abogado Aaron Schlossberg encarnó esta realidad cuando en una rabieta pública en un restaurante/mercado de New York acosó y amenazó a los empleados por hablar español en el trabajo.

Su rabieta fue ruidosa, contundente y ocupó todo el espacio mientras describía un panorama de lo que “su país” debería ser: de habla inglesa, blanco y sujeto a su comodidad, opiniones y expectativas. Schlossberg es una caricatura de algo que es muy normal en América – la defensa intransigente de la noción de que “blanco” es lo correcto y que cualquier cosa que difiere de esa blancura como lo normal, merece no sólo el abuso verbal, pero hay que ajustarlo para comodidad de él y su blancura.

Este sentido de derecho es fácil y perezoso, no requiere la verdad o la empatía; sólo convicción, una plataforma y algún entusiasmo. Este es el peligro de una sociedad supremacista blanca – siempre busca defenderse y legitimarse  a costa de todos los demás. 

El derecho a libertad de expresión no equivale a expresión sin consecuencias. 

Más preocupante que el incidente en sí (que es normal en la América racista de Donald Trump) es que personas defiendan a  Schlossberg.

Ciudadanos airados protestaron frente a su domicilio y lugar de empleo, y se burlaron de él con más de 2.900 comentarios en Yelp, causando que su práctica de derecho se desplomara en business rating. El sentimiento general de los defensores de Schlossberg, es que no es justo ni agradable responder a su fanatismo de una manera que le incomode o amenace su subsistencia, aparentemente sin consideración de la amenaza de Schlossberg a la subsistencia de los hispano-parlantes que acosó.

La noción de que su detallada e hiperbólica rabieta merece espacio y consideración, incluso a expensas de la gente que estaba hostigando- refleja una cultura que a menudo actúa como si el derecho a la libertad de expresión fuera equivalente a la expresión sin consecuencias. De la misma manera que Schlossberg es libre de tener una diatriba racista, los manifestantes son igualmente libres (aunque en una sociedad  racista, no igualmente defendidos o escuchados) a oponerse a él con sus derechos de la Primera Enmienda.

Nuestro sistema nacional de indiferencia frente a la opresión de la gente de color se refleja en una mayor preocupación por los sentimientos y comodidad de Schlossberg que por la seguridad, bienestar y humanización de todo un grupo de personas. 

Denunciar a un racista no es censurar toda la gente blanca; sin embargo, la defensa de un racista contra una comunidad de color, contribuye a la opresión de todas las personas de color.

Todas las opiniones no son iguales y tratar a las personas como  seres humanos con dignidad no debía ser un comportamiento que nos cueste trabajo practicar a nivel nacional. La gente blanca puede mirar a Schlossberg y decir, “Yo no soy como él, yo nunca haría eso”, mientras albergan ideologías racistas en privado.

 Él no es una anomalía en sus creencias, sólo en su expresión de ellas. Este tipo probablemente tiene amigos y familiares que se sientan con él en la mesa y con su silencio le muestran aprobación, o están de acuerdo con él en ideología, aunque no en expresión. El fanatismo no deberían tener que tornarse viral para abordarse. Permitimos que  la supremacía blanca se arraigue cuando absolvemos a la gente blanca, bien intencionada, de su responsabilidad de hacer frente a las nociones peligrosas que albergan acerca de la gente de color, aunque no sean  lo suficientemente valientes para comunicarlas en voz alta.

El discurso de odio y el acoso no son algo neutral sobre lo que simplemente podemos discrepar. No es lo mismo que discrepar sobre sabores de helado. Es racismo y xenofobia con raices historicas que impactan la vida diaria de personas de color. 

Brandi Miller es ministro universitario y directora del programa de justicia de la región del Pacífico Noroeste.

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Hate Speech Is Not Something That ‘We Can Agree To Disagree’ About

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Brandi Miller

Columnist

White people feel entitled to a lot of things, but their opinions ― especially on what America should be ― are at the top of the entitlement list. Last week, lawyer Aaron Schlossberg embodied this reality as he went on a public rant at a New York restaurant/market, berating and threatening employees for speaking Spanish at work. His vitriol was loud, pointed and took over the entire space as he painted a picture of what “[his] country” should be: English speaking, white-centered and subject to his comfort, opinions and expectations. 

Schlossberg is a caricature of something that is very normal in America ― the unyielding defense of the notion that “white is right” and that anything that diverts from whiteness as normative deserves not only public verbal abuse, but needs to adjust to cater to him, to his whiteness. This sense of entitlement is easy and lazy, it doesn’t require truth or empathy; only conviction, a platform and some gusto. 

This is the danger of a white supremacist society ― it always seeks to defend and legitimize itself to the detriment of everyone else.

The right to free speech is not equivalent to speech without consequence.

What is more concerning than the incident itself (which is par for the course in Donald Trump’s racist America) is that people have come to the defense of Schlossberg. Angry citizens held a series of protests outside his home and place of employment, and taunted him with over 2,900 one-star Yelp reviews of his law practice that plummeted his public business rating. The general sentiment of Schlossberg’s defenders is that it isn’t fair or nice to respond to his bigotry in a way that makes him uncomfortable or threatens his livelihood, with seemingly no regard to Schlossberg’s threats to the livelihood of the Spanish-speakers he accosted. 

The notion that his verbose and hyperbolic rant deserves space and consideration ― even at the expense of the people he was harassing ― reflects a culture that often acts as though the right to free speech is equivalent to speech without consequence. In the same way that Schlossberg is free to go on a racist tirade, protesters are equally free (though in a racist society not equally defended or heard) to oppose him with their First Amendment rights. 

Our national indifference to the oppression of people of color is reflected in a deeper concern for Schlossberg’s feelings and comfort than for the safety, well-being and humanization of an entire group of people.

Decrying a racist does not decry all white people; however, defending a racist contributes to the oppression of all people of color.

Decrying a racist lawyer does not decry all white people; however, defending a racist lawyer targeting an entire community of color contributes to the oppression of all people of color. All opinions are not created equal and treating people as though they are humans who have dignity should not be a bar that we are struggling to meet on a national scale. 

White people can look at Schlossberg and say, “I am not like him, I would never do that” while still holding less publicly stated racist ideologies. He isn’t an anomaly in his beliefs, only in his presentation of them. This guy likely has friends and family who probably sit across from him at meals and either through their silence communicated approval, or they agree with him in ideology but not in expression.

Bigotry shouldn’t have to go viral to be addressed. We enable everyday white supremacy to take root by abdicating nice and well-intentioned white people of their responsibility to deal with the dangerous messages they believe about people of color, even if they are not brave enough to communicate out loud. 

Hate speech and harassment are not neutral or something that we can “agree to disagree on.” We aren’t talking about opinions on ice cream flavors, we are talking about xenophobia and racism that impacts the day to day experiences of people of color rooted in historic othering and explicit racism.

 

Brandi Miller is a campus minister and justice program director from the Pacific Northwest.